sábado, 17 de octubre de 2009

Qué difícil es ser dios, de Quique Fernández Maldonado

A los sufridos hinchas, que no aprenden la lección como yo

No hablaré del partido, a esta altura largamente comentado. Apenas sostendré, con mi hermano Adrián Lúcar, que Argentina se llevó más de lo que merecía y Perú menos de lo que sus complejidades le permiten. Apreciación con la que se puede (o no) estar de acuerdo, pero que tomo prestada para la ocasión.

Comentaré, más bien, la experiencia de “espectar” de visitante. Y acá: en Argentina. Con todo lo que eso implica, si acaso es posible. Comencemos por nuestra ubicación: el centro mismo de la Popular Centenario, ese monstruo de la arquitectura deportiva que acá conocen como “el Monumental de River”. Inmersos en una (aplastante) masa humana enfocada en un solo objetivo: ganarnos, a nosotros, los peruanos. Presagios de una tormenta que amenazaba con inundar la cancha. Una experiencia inédita a pesar del antiguo recorrido por tribunas y estadios. Una sobrecarga de energía futbolera que por momentos parecía engullirnos: no por la presión de los cuerpos (que la había), ni por la lluvia que nos cegaba, ni por los canticos que realmente ensordecían; sino por la impotencia de la mudez: la imposibilidad de – ¡!!en un estadio de futbol!! – gritar, vivear, putear, maldecir, abrazar, festejar, cantar, llorar… como cualquier mortal aficionado al futbol. Una situación realmente castrante, casi aterradora. ¿Cómo callar el empate peruano que contradecía un principio de la estadística futbolística, que prometía honor eterno para un equipo derrotado de antemano? ¿Cómo disimular el espasmo que significó el gol de Palermo, cuando todo indicaba que “ese equipo sin ton ni son” –el peruano– podía alcanzar una gloria apenas imaginada? ¿Cómo encubrir la rabia contenida ante un estadio que retumbaba de alegría? ¿Cómo no sentir (ahora sí) el peso infinito de la lluvia cuando – una vez más – mordíamos el polvo de la derrota? Creo –creemos– haber sido los únicos en sentir el agua sobre nuestros cuerpos; los únicos con el rostro desencajado. Para el resto, para los argentinos, no había mejor cuadro. La lluvia, ese detalle infaltable en toda épica de antología, aderezaba la algarabía desbordada. Y aún cuando sabíamos que los podía partir un rayo y que seguirían festejando, palpábamos su angustia (por ese objetivo final que era clasificación). Cómo no.

Pero aclaremos: no esperábamos ningún milagro. La selección peruana tiempo hace que no permite mayor pretensión. Argentina, en el papel, la tenía fácil. Se trataba, para nosotros, de “turismo deportivo”. De ver a la selección nacional en un estadio extranjero. De verla jugar ante una pléyade de figuras “fuera de lo común” (para lo que nuestro pobre futbol ofrece). Para los argentinos, un mero trámite rumbo a Sudáfrica. Hasta que un “!Maradona, la concha de tu madre!” rompió el silencio solemne (sospecho que por la Negra) y penetró el corazón de cada hincha argentino. (Fue inevitable imaginar la cara del Diego, y la de su madre). Comprendí ahí lo que se jugaba. Para Perú y para Argentina. Cierto: hablamos de “futbol”… ¡pero cómo moviliza! La sola posibilidad de joderle la fiesta a los locales –entenderán mis amigos argentinos –, robándoles un agónico empate con una formación gris como la peruana (con excepción de ese peleador apellidado Vargas), aparecía como una pera en dulce que nos ilusionó –siquiera– por unos segundos. Pero no: nuestra cruel realidad aparecía sarcástica para recordarnos lo que fuimos, y no somos más (futbolísticamente hablando). Para borrar de un sopetón aquella remota posibilidad de “hacer historia”. Lo que pudo ser una gesta heroica, digna de contarles a nuestros hijos, se convertía en un paramo de bronca y desazón. Justo o injusto, el marcador quedaría así, para siempre. No habría relato épico ni festejo alguno. Apenas una anécdota (in)feliz y el consuelo de haberla sufrido en carne propia.

Entramos al estadio cuando el himno peruano se escuchaba como una letanía en medio de la silbatina. Nadie se percató de mi mano en pecho, de la piel erizada y los ojos vidriosos. Abajo, en la cancha, estaba la selección “incaica”, con un traje inusual, como queriendo desmarcarse de la insignificancia con que la tratara la prensa local. El estadio repleto apenas dejaba espacio para ubicarse. No pudimos avanzar mucho: quedaríamos atorados al medio de la tribuna, en un lugar (de ninguna forma) reservado para los peruanos. Cagados de miedo. Condenados a disimular cualquier gesto, cualquier emoción que delatara nuestra insospechada intromisión. Fuimos –quizá– de los pocos en no tararear el himno argentino, bellamente entonado por una Mercedes Sosa despedida días atrás. Provocaba cantarlo, también llorar. Provocaba tantas cosas: gritar “!suéltala carajo!” cuando la blanquiroja retenía el balón, cuando parecía meterla (pero no), cuando el árbitro pitaba a favor de los locales. Pero no, éramos unos hinchas afanosos silenciados por las circunstancias. Apenas unas miradas cómplices, siempre temerosas, permanentemente alertas. Y si bien los argentinos de la tribuna nunca apelaron al insulto racista, ni escucharíamos “peruanos de mierda” (“putos” sí), sentíamos que la crispación del ambiente podía albergar reacciones indeseadas. Por eso, aguantar noventa minutos sin alzar la voz, apenas susurrando y apretando los dientes, esperando un imposible, resultó un suplicio, un autoflagelo voluntario para quienes acostumbramos a putear y carajear en ese diván colectivo que es “ir a la cancha”. Nuestro yo primitivo, inmerso en el opio del pueblo. Ser la visita nos convertía en espías de una fiesta a la que no estábamos invitados, pero a la que se podía entrar pagando. Pero ahí estábamos, aturdidos por una hinchada excitada hasta el tuétano. Consternados por una retahíla de relámpagos que parecían reventarnos en la cara. Primero, una euforia imprevista (y contenida). Luego, la rabia (también contenida) sin posibilidad de expresión. Esclavos de un partido que perdíamos –en ese momento– sin merecerlo. El mismo fracaso de siempre. Fracaso del que – peruano hincha del futbol– no podemos desprendernos, no sabemos hasta cuándo.

Algunas imágenes, como flashback incómodos, sobrevienen de pronto: la gente saltando para no “ser ingleses”; un par de peruanos (su silencio los delataba) que jugaban (como nosotros) a pasar desapercibidos; el inconfundible olor del faso; los cuerpos caídos, derrotados, golpeados de los jugadores peruanos en ese minuto (final y fatal) en que Palermo mataba su (¿última?) posibilidad de pasar a la Historia. El zumbar de los aviones que caían hacia el Aeroparque. El retumbar de una hinchada vehemente para la que no cabía otro resultado que la victoria. Un segundo… y el sabor amargo de la felicidad ajena –contagiable, no Alejandro?– rebalsando el estadio.

El regreso fue penoso. La tormenta no cesaba, y no había colectivo que acortará las veinte cuadras que distaban hasta nuestro hogar. La gente, una multitud dispersa por las calles de Núñez, ya no cantaba (como en el estadio), pero respiraba una felicidad fugaz. Pues, hay que decirlo, se sentía incertidumbre, ansiedad. En nuestro cuerpo pesaban litros de agua y esa rabia contenida que (exagerando, ciertamente, pero en ese momento nunca tan claro) te da tenerlo “todo” y, de pronto, quedarte en nada. Adiós al recuerdo (ahora un futuro inexistente) de un “monumentazo” que nunca sucedió. Y qué decir de los argentinos, en esos momentos enterados de la gesta uruguaya ante Ecuador. Peor aún, condenados a esa “mano de dios” que vano alivio generaba. Sentimientos encontrados que solo afectan a los hinchas futboleros. Porque en este deporte, se sabe, nada está dicho hasta que se pita el final.

Algo curioso, casi paradójico, por lo general presente cuando las cosas se resuelven como se resolvieron esa noche, en el Monumental: la relatividad del tiempo. Dos formas distintas de vivirlo, de sentir un mismo “espacio” cronológico. Me refiero a ese minuto y medio que medió entre el empate peruano y la aparición proverbial de Palermo. Lo que pudo albergar. Hablo por mí: nada más deprimente, estresante, en esas circunstancias, que pasar de la resignación acostumbrada a la felicidad inesperada; del éxtasis sigiloso, prudente, a la frustración inabarcable. Otra vez la tristeza secular de un “pueblo” acostumbrado a no ganar: una generación –la mía– que creció recordando a las (ya en ese entonces viejas) glorias del 70 (otra vez el “tiempo”). Todo eso en cuestión de minutos, quizá segundos (¿se han puesto a pensar cuánto de todo puede contener un minuto?). Doblemente curioso: esa derrota, ajustada a la lógica, resultaba barata –incluso honrosa– para un equipo que encabezaba la tabla desde abajo; una selección por la que nadie daba un medio. Anticipábamos (tontos no somos) una previsible frustración; un “cachito” premiado de antemano. Sólo que esta vez, por esas cosas de la vida (y del futbol), parecía lo contrario. Ojo: sólo lo pareció, por un minuto, apenas segundos: por esas paradojas están reservadas sólo para los fanáticos. Porque así es el futbol. Incomprensible. Porque no entiende de razones. Porque es futbol, y más.

Quique

1 comentario:

Jocho dijo...

Compadre, sin ser futbolero y menos futbolista, he compartido contigo esa montana rusa del sabado pasado!
Carajo que es eso que hace que hasta quienes no seguimos este deporte de masas y pasiones, nos enganchemos
cuando se trata del equipo del peru? Aunque sea en silencio y de reojo...no se puede capitalizar ese afecto?
Tratemoslo no?

Jocho